Si en 1929-1932 la torpeza de las administraciones públicas tanto a nivel nacional como internacional agravó la crisis, hoy en día no es así. La comunidad internacional y los estados están reaccionando en la misma dirección, quizás no lo suficiente, pero si de manera adecuada. La reunión del G20 que se reunió el pasado 2 de abril puso en escena a un presidente norteamericano inteligente (en lugar de su inepto antecesor) y a las potencias económicas más significativas. Todos andando con un mismo paso –aunque lentamente. Seamos honestos, el balance es más que honroso.
Sin embargo cuando la anterior administración norteamericana decide no respaldar a Lehmann Brothers, está poniendo en un brete al NYSE y al resto de mercados bursátiles mundiales. La administración no quiere dar a entender que va a salvar a todas las entidades a cualquier precio (táctica que ha estado a punto de repetirse con la industria del automóvil). Al contrario, el gobierno del presidente Bush quiso que el caso sirviera de ejemplo y dejó ir a la quiebra a la banca de negocios por excelencia. Esta decisión fue una verdadera catástrofe que generó mucha más desconfianza que toda la impericia de esa administración en ocho años de mala gestión financiera. Porque un banco no es solamente una entidad constituida de accionistas y empleados. Es además una red económica importantísima con empresas clientes cuyos depósitos dan cuerpo a la entidad. La desaparición de Lehmann tuvo un efecto multiplicador al ampliar en gran medida lo que iba a ocurrir semanas después.
La recesión económica es no obstante, anterior a la crisis financiera. Desde la primavera de 2005 hemos asistido al alza imparable de los precios del petróleo, de las materias primas minerales e incluso del precio del trigo y de la leche. La razón es que todos estos mercados estaban sometidos a la “presión” de los productos derivados (*). Se trata de montajes financieros creados para, en principio, protegerse contra las variaciones excesivas del valor de las cotizaciones de un producto. Pero paradójicamente, los derivados no pueden ofrecer tal garantía más que a condición que la variación se produzca lenta pero progresivamente (se necesita crecimiento para alcanzar beneficio). Y en este trance quien sale peor parada es África.
En los años 1945-1974, el mundo desarrollado conoce un crecimiento rápido y regular de 5% anual de media; sin crisis de ningún tipo y una situación de pleno empleo. Actualmente, entre 15 y 20% de la población activa se encuentra en un entorno de empleo precario. Otro 10 a 12% en paro irremisible. Queda también por enumerar una capa de la población pobre, que no es ni parado ni empleado precario. El conjunto de los tres grupos corresponde más o menos a una cuarta parte de la población total de los países desarrollados. Y así el papel cada vez más protagonista del accionista –que busca rentabilidad y beneficio a corto– va en detrimento del consumidor por cuanto la desaparición de la seguridad del poder adquisitivo debilita al consumo.
Durante los felices años 2000 esta anemia económica y el consiguiente descenso del poder adquisitivo, del consumo y de la demanda), ha ido a la par de una verdadera euforia financiera (cuyos signos más ostentosos fueron el incremento de las transacciones inmobiliarias de lujo en el centro de las grandes ciudades o la sobre valoración de obras de arte). Es en ese desequilibrio en donde se sitúa el origen de la crisis. Porque en los Estados Unidos de George W. Bush y Alan Greenspan se substituyó el poder adquisitivo por el crédito. Y como corolario la liquidez circulante no se utilizó para producir bienes y servicios sino para atender a la especulación. Casi inmediatamente la enfermedad de los derivados se convirtió en una pandemia al extenderse rápidamente por todos los mercados del planeta.
* Por ejemplo Fondos Garantizados, Bonos y Depósitos Indiciados, Equity Swaps, Warrants, etc.
Ver también : I. Anemia económica y crisis financiera……. III. La autorregulación de los mercados
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7 octubre 2010 a las 09:26
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17 mayo 2009 a las 09:44
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